Capítulo 20
La otra historia
Paulina no encontraba la forma de comenzar.
Carmen, que en otras oportunidades ya la había contenido, se acercó y la abrazó.
Justo en ese momento sonó el timbre.
Era el pedido de la confitería de enfrente.
Rolando fue hasta la puerta, recibió la bandeja y acomodó los cafés con leche y las medialunas sobre el escritorio.
Nadie tocó nada.
El silencio seguía ocupando la oficina.
Paulina respiró hondo.
---Ese sábado decidí visitar el otro centro cultural de la zona. Sabía que había una muestra de artistas locales. Recorrí la primera sala sin prestar demasiada atención. Cuando entré en la siguiente... me vi reflejada en un cuadro.
Los tres la escuchaban sin interrumpirla.
---Era una pareja sentada bajo un ombú. El hombre me resultó conocido desde el primer instante. No porque lo hubiera visto alguna vez, sino porque se parecía muchísimo a una fotografía que mi mamá me había mostrado de mi padre. Yo nunca lo conocí. Solo sabía que había fallecido pocos días antes de que yo naciera.
Hizo una pausa.
---Saqué una foto del cuadro con el celular. La miraba una y otra vez, intentando convencerme de que era una coincidencia. Pero algo me decía que no.
Carmen suspiró.
Rolando dejó el anotador sobre el escritorio.
Esteban permanecía inmóvil.
---No pude seguir recorriendo la muestra. Me fui directamente a la casa de mi mamá. Le pedí que buscara todas las fotos que conservaba de mi padre. No eran muchas... apenas unas diez. En una de ellas aparecía su rostro de frente.
Paulina bajó la mirada.
---Apoyé el celular sobre la mesa, como si no tuviera importancia. Abrí la foto del cuadro y la dejé al lado de la fotografía. Mi mamá las comparó en silencio.
Se llevó una mano al pecho.
---No necesitó decir que era él. Yo ya lo sabía.
La voz comenzó a quebrarse.
---Entonces me apoyó una mano sobre el ombro... y me contó toda la verdad.
Rolando levantó apenas la cabeza.
---¿Qué verdad?
Paulina lo detuvo.
---Déjeme terminar, por favor.
Rolando asintió.
Ella continuó.
---Mi papá llevaba dos vidas. Cuando mi mamá descubrió que tenía otra familia decidió terminar la relación. Pero ya estaba embarazada de mí. Entre los dos hicieron un pacto: ella no le reclamaría nada y él debía desaparecer de sus vidas. Mi mamá no quería depender de él y mucho menos que yo llevara su apellido.
Hizo una pausa, y siguió.
---Él insistió solamente en abrir una caja de ahorro en uno de los bancos de la zona. Durante dos años depositó dinero allí, pero cumplió con el acuerdo de no buscarnos ni intentar formar parte de nuestras vidas. La cuenta siguió abierta hasta que cumplí quince años. Después, mi mamá decidió cerrarla. Vivíamos en la misma ciudad, pero por suerte en lugares muy distintos. Nunca volvieron a cruzarse. Ni siquiera conmigo.
Tomó un sorbo de café.
Ahora sí.
Necesitaba continuar.
---Durante mi adolescencia aprendí a pintar. Empecé con carbonilla y después descubrí los óleos. Siempre pensé que era una simple pasión...
Miró a Esteban.
---Hasta que vi ese cuadro.
Carmen habló por primera vez.
---¿Qué hiciste después?
---Intenté comunicarme con Esteban. Fue imposible. Durante casi un mes insistí sin éxito. Hasta que un día apareció en el centro cultural donde estaba expuesta la obra. Me presenté como asistente de este centro y lo invité a tomar un café.
Esteban sonrió apenas, recordando aquel encuentro.
---Cuando nos vimos, le mostré la fotografía del cuadro, la foto de mi padre... y le conté toda la historia.
Guardó silencio unos segundos.
---Al principio no me creyó. O quizás no quería creerme. Le costaba aceptar que toda su vida pudiera cambiar por una conversación.
Esteban bajó la vista.
Paulina continuó.
---Entonces le dije algo que jamás pensé que iba a cumplir.
Los tres la miraron.
---Le dije que, si ese cuadro volvía a exponerse alguna vez, iba a cambiarlo.
La oficina quedó nuevamente en silencio.
---El protagonista no podía seguir siendo él, nuestro padre. La historia también le pertenecía a mi madre. Durante toda su vida quedó fuera del cuadro... igual que había quedado fuera de la historia.
Esteban tomó la palabra.
---Paulina tiene razón.
Los demás lo miraron.
---Después conocí a su mamá. Hablé con ella durante horas. Cuando salí de esa conversación, necesitaba respuestas. Volví a buscar a mi madre y le pregunté por qué nunca me había contado lo que sabía.
Esteban sintió que su armadura se había quebrado.
--- Entonces entendí que ella también había elegido el silencio. No por las mismas razones que la mamá de Paulina. Mi madre sabía que esa niña existía y nunca me dijo nada. Nos separó a dos hermanos antes de que siquiera pudiéramos conocernos, por amor hacia mi padre. Y cargó durante años con algo que nunca pudo decir.
Paulina volvió la vista hacia el cuadro apoyado contra la pared.
---Ese día entendí que ya no estaba pintando un recuerdo. Estaba intentando comprender quién había sido realmente mi padre.
Terminó el relato antes que sus palabras quedasen guardadas en su corazón.
---Pasaron casi dos años. Cuando supe que Tarde bajo el Ombú iba a volver a exhibirse, pinté la copia. Esperé el momento justo y cambié los cuadros.
Miró a Carmen.
Después a Rolando.
Esteban solo murmuró
---Ahora entienden por qué no me sorprendió que descubrieran el cambio.
Paulina miró a Esteban.
Él completó la idea.
---Mi madre merecía ese homenaje. Pero la suya también. Por eso no denuncié el cambio. Porque, por primera vez, sentí que el cuadro que Paulina pintó, contaba la historia completa.
¿Cómo continúa la historia?