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Capítulo 21

Cómo sigue la historia

La conversación se prolongó un rato más. Nadie tenía mucho que agregar. Algunas respuestas habían llegado demasiado tarde, pero alcanzaban para mirar el pasado desde otro lugar.

Al día siguiente de aquella reunión, Paulina y Esteban llegaron al centro cultural llevando el cuadro original.

Carmen descolgó la copia y apoyó ambas pinturas una junto a la otra. Las observó durante varios minutos.

Ahora que conocía la historia, las diferencias ya no estaban solo en la posición de los personajes.

---Sinceramente, lo último en lo que me había fijado era en el intercambio de lugares. Pero ahora que conocemos toda la historia... ¿no les gustaría exhibirlos en otro sector y explicar el motivo?

Paulina miró a Esteban antes de responder.

---No, Carmen. Decidimos retirar los dos cuadros de la muestra.

Esteban asintió.

---Cumplieron su propósito.

Paulina sonrió.

---Pero se nos ocurrió otra idea. ¿Y si buscamos historias de amor de Villa Ballester, las transformamos en pinturas y armamos una muestra?

Carmen permaneció unos segundos en silencio.

Sonrió.

---Quizás, después de esta muestra, pueda proponer algo nuevo a los directivos de este u otros centros culturales. Hay muchas historias que merecen ser contadas, pero siempre con el consentimiento de quienes las vivieron.

Después levantó la vista y, a través de la puerta abierta del centro cultural, observó la cafetería de enfrente.

---Aunque, si no encuentro el espacio adecuado, creo que ya tengo una alternativa: la confitería.

Miró a Paulina.

---¿Te encargás de eso? Comiencen el proyecto con buscar a los protagonistas. Después vemos las pinturas.

Paulina con otro semblante confesó.

---Ese cuadro fue diferente. Lo pinté intentando entender algo que me había acompañado toda la vida. Pero quizás ahora pueda pintar otras historias, historias que tengan otro final.

Esteban ya tenía que irse. Saludó a Carmen y tomó su cuadro. Antes de salir, prometió:

---Mañana traigo otra pintura de Ballester para ocupar el lugar vacío.

Después abrazó a Paulina.

---Nos hablamos en la semana.

Cuando salió, el salón quedó en silencio.

Paulina volvió a sus tareas.

Carmen permaneció unos instantes, inmóvil y observando las paredes del centro cultural.

Pensó en los dos hermanos.

Pensó en la nueva muestra.

Y, casi sin darse cuenta, pensó en Rolando.

Entró en su oficina, cerró la puerta y marcó su número.

---Rolando... ¿cómo estás? ¿Te parece si el fin de semana tomamos un café? Hay muchos lugares nuevos por Ballester que todavía no conocés.

Rolando soltó una risa.

---Ni siquiera me dejaste saludarte. Justamente estaba por escribirte. Pero te propongo algo mejor.

---¿Qué cosa?

---Almorcemos juntos. Después caminamos por Ballester, como cuando uno vuelve a un lugar que siempre sintió suyo.

Carmen sonrió.

---Entonces te espero el sábado a las doce, en el centro cultural.

---Que tengas un lindo día.

Hizo una pausa.

---El mío ya empezó muy bien.

Cuando cortó la llamada, Carmen salió nuevamente al salón.

Recorrió la muestra con una tranquilidad que hacía mucho tiempo no sentía.

Paulina la observó desde lejos.

Era la primera vez que veía a su jefa dejar de lado el rol de directora que sostenía cada jornada.

Mientras Carmen se detenía frente a uno de los cuadros, una voz la sacó de sus pensamientos.

---Buen día... ¿se acuerda de mí?

Era Tomás.

---¡Claro que me acuerdo! Fuiste el primero en descubrir que algo no estaba bien con el cuadro.

El adolescente sonrió.

---Hoy faltó la profesora. Mi mamá, que es preceptora, sabía lo que había descubierto y que no iba a poder quedarme tranquilo sin saber qué pasaba, así que me dejó venir. Tengo una hora libre y el colegio queda a cinco cuadras.

Carmen lo invitó a pasar a la oficina.

Le resumió la historia, cuidando los detalles más íntimos.

Cuando terminó, Tomás permaneció varios segundos en silencio.

---Nunca imaginé que un cuadro pudiera esconder una historia así.

---Yo tampoco.

Se levantaron.

Carmen lo acompañó hasta la puerta.

---Bueno... ahora sí, a la escuela.

Tomás asintió.

Justo antes de salir, Carmen lo llamó.

---Tomás...

El adolescente se dio vuelta.

---Después de conocer toda la historia... ¿vos habrías cambiado el cuadro?

Tomás sonrió.

---Esa pregunta no se responde en un minuto.

Hizo una pequeña pausa.

---Déjeme pensarlo. Mañana, cuando salga de clase, vuelvo y se lo cuento.

---Te voy a estar esperando.

El adolescente levantó una mano en señal de despedida y cruzó la calle.

Carmen volvió lentamente al salón.

Paulina ya estaba sentada en el primer peldaño de la escalera.

Se hizo un lugar a su lado.

Durante unos minutos no hablaron.

Solo contemplaron la sala de exposiciones.

Paulina apoyó la cabeza sobre el hombro de Carmen.

Las dos permanecieron en silencio, observando la sala.

Afuera, Villa Ballester seguía con su ritmo de siempre.

Adentro, una historia había encontrado su lugar.

Algunas historias permanecen incompletas hasta que alguien se anima a mirarlas desde otro lugar.

Fin.

Fin.

Cada decisión abrió una historia distinta. Antes de volver, hay algo que Carmen y Rolando vieron. Ahora te toca a vos.

Ver los dos cuadros

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